14 enero 2011 § 1 comentario

 

“Deberías estar aquí. Deberías verme ahora. Porque tienes esa maldita costumbre de matarme de ganas y luego dejar mi cuerpo tirado en el descampado más cercano a casa, para que sepa cómo volver. Y entonces qué, entonces tengo que buscarme la vida porque no se te ocurre ni dar la vuelta para mirar cómo me tambaleo de camino al coche, ese coche que no está, y a pie tardo más y me cuesta más y llego destrozada: parece que me haya drogado, que me hayan echado encima a una manada de perros hambrientos. Tú me abres la puerta sabiendo que la más hambrienta soy yo, me limpias la cara, las manos y el pelo; me alimentas de ti aunque no demasiado, para que no me malacostumbre. Para seguir teniendo el control.

Deberías estar aquí. Deberías verme ahora, arrastrándome por el barro, levantando sólo una mano, cubriendo con la otra el centro palpitante del hambre. Rogando. Te encantaría”.

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