La vida cansa, y hay días en los que, si no explotas, te explotan

30 enero 2011 § Deja un comentario

Ayer no fue un gran día: se amargó -más de la cuenta- el café, no quedaba pan para tostadas, las gaviotas se pasaron toda la mañana chillando sobre la cabeza de la ciudad, como si a una ciudad tan gris y tan, tan harta, le importara lo más mínimo lo que tengan que decir los pájaros. El agua caliente se gastó demasiado rápido, comimos a las tres, la noche anterior había llorado y no pude dormir la siesta; el uniforme vuelve a quedarme ancho y no debería.

Ayer, algunas personas se dieron cuenta a regañadientes de cuál no era su sitio y lo hicieron con público. Otras, del lado opuesto, nos dimos cuenta de hasta qué punto está todo tan fuera de lugar. Luego hizo frío, pero no el suficiente como para congelar la úlcera psicológica que, por cierto, me ha crecido tanto en esta semana que estoy pensando buscarle un nombre. Volví sola a una casa que podría haber sido cualquiera y me perdí una cena en el asiático voluntariamente para no descargar mi ira sobre el pescado crudo y sazonarlo con soja y angustia existencial. A cambio, me abrasé la lengua, el paladar y parte del esófago bebiendo chocolate sin miramientos.

Ayer me importaba una mierda que los Médicos del Mundo que llevan medio mes apostados en el portal me mirasen mal por quincuagésima vez, que no quedaran galletas de canela o que en mi cuarto hubiera tanto papel desparramado que ni yo distinguiera blanco sobre blanco. Lo que dijera Platón sobre la belleza me hacía cosquillas en la parte baja de las desganas.

Ayer estaba hecha polvo y sólo me apetecía dar vueltas descalza y con los ojos cerrados, escuchando lo nuevo de la Rosenvinge.

Hoy estoy mejor, gracias.

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