dejarse cuidar

14 marzo 2011 § 2 comentarios

A lo mejor sólo era porque Bel pensaba que era así de difícil cuidarla, como difícil pensaba Soir que era cuidarla a ella. A lo mejor, lo único difícil era dejar de pensar que eran difíciles de cuidar, porque cuando entraba en la ducha por las mañanas y perdía litros y litros de agua intentando limpiarse la pena sin sentido que se le incrustaba entre las pestañas, Bel sentía que necesitaba un abrazo de esos de película, uno de playa y chaqueta ajena sobre los hombros, uno de acunar desde detrás y besar el pelo y encogerse en él hasta hacerse diminuta y desaparecer. Y se abrazaba sola, agachada en la bañera: rodeaba sus rodillas con los brazos, agachaba la cabeza y apretaba fuerte queriendo creerse que aquello era amor también. Luego lloraba tanto que, en realidad, el agua del grifo no le hacía falta, y se le abría un dolor desde el párpado derecho hasta el pezón izquierdo en una línea tan recta como permitía el relieve de su cuerpo. Era un dolor retroalimentado, un agujero negro, una aspiradora que se tragaba la piel y el vapor del cuarto de baño y lo guardaba todo en el espacio abierto entre sus costillas, demasiado pequeño para un dolor tan grande, tan recto y tan hambriento.

La mañana que se levantó con los ojos secos y agrietados se asustó: ¿por dónde saldría ahora el dolor que no cupiera dentro de la línea? ¿Cómo se lavaría las rodillas magulladas si ya no podía llorar? ¿Cómo se iba a abrazar ella sola? Uno de los eslabones de la cadena de su rutina se había quebrado. Entonces, desnuda, helada y con los brazos colgando, se miró la cicatriz que le marcaba mejilla, labios, garganta y pecho y pensó que si nadie la abrazaba al llorar era porque ella, Bel, Bel rota-remiendos, Bel-madre, Bel enfermera-de-bestias-moribundas, no se dejaba abrazar lo recto del dolor.

Esa misma mañana, una vez hubo comprendido que era culpa suya, Marla se apareció como buena mujer evanescente que era, con una chaqueta de playa en una mano y un abrazo de paño limpio en la otra.

[Tres días sin llorar en la ducha. Tres días desde que Bel entendió que había que dejarse cuidar]

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