Bel, Soir y los cajones (I)

4 febrero 2012 § Deja un comentario

A Bel se le perdió el cajón de las cosas que no se sienten en la mudanza. Cuando se fue de su vida pequeña y se instaló en la mediana(-mediocre) olvidó meter aquel paquete en el camión.

Así era mejor los días que estaba de buenas.

Así, era mucho peor los días que prefería no estar.

Pero fue culpa suya, si no fuera tan despistada ahora tendría un baúl enorme para guardar los no-sentires y recuperarlos a placer, así que ahora le tocaba, básicamente, aguantarse -morderse las lágrimas de asfixia y dejar rodar las de las alegrías minúsculas, arañar las paredes de claustrofobia y las pieles de amores fugaces, apretar los puños para las rabias y abrirlos para versos y besos, y un largo etcétera que estaba bien los días que Bel estaba bien y que era un desastre cuando los cimientos fallaban y no sabía encontrar entre las sábanas más que escombros cuarteándole las piernas.

Por eso leer a Soir hablar de dónde se guardaba las ganas la hacía tiritar. Ay, las ganas y todas sus variables que no eran x, y, z sino más bien números y aquel simbolito, como otro ocho pero tumbado al sol,  el diminuto retrato de la eternidad tatuado donde acaba la cadera y empieza el universo. Ganas de garras y colmillos. De vainilla en rama. De aquella primera lluvia de agua caliente, allá por un abril lo suficientemente cercano todavía, del sonido de la felicidad corriendo estómago arriba hasta la garganta para morir ahogado por la clandestinidad de su escasísimo tiempo compartido. De  esa clase cicatrices que no tienen otra utilidad que almacenar el pasado y esperar la llegada de un futuro idéntico con idénticas heridas de guerra. Ganas de estar, en cursiva, a pesar de la sorpresa diaria de no haber llegado al fin. Bel no había encontrado un mueble en el que cupieran las suyas, y las tenía desperdigadas por toda la casa. Se le caían por las ventanas.

Leía las cartas de la chica de los desayunos fríos antes de abrir el sobre y antes de que Soir lo cerrase y antes siquiera de que ella misma supiese que esa semana le escribiría para hablarle de su cajón de cosas que sí se sienten. Y, aun así, siempre se le anudaba la faringe cuando el cartero tocaba a la puerta. 

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