Amores que me matan.

14 marzo 2012 § Deja un comentario

Esta entrada no pretende ser una reseña. Tampoco es exactamente una recomendación, aunque si después de leerla las librerías se colapsan en busca de la novela sonreiré amplia y desvergonzadamente, porque sí, deberíais tenerla.

Los alemanes se vuelan la cabeza por amor. Incluso el librero se quedó prendado del título, y es normal. Pronunció Werther de una forma impecable y a la vez llena de aire, muy bajito, como si él mismo se hubiera visto cerca de ese abismo que supone convertirse en un personaje de Goethe y estuviera asustado. En aquel momento sonreí con una complicidad que todo el mundo debería tener con su librero. Pero claro, para eso primero todo el mundo debería tener un librero. El libro no estaba, y tardó en llegar más de lo que yo habría deseado, pero llegó… Lo empecé, lo acabé y al llegar a esas dos páginas en blanco que los editores intercalan entre texto y contraportada le di la vuelta y volví a empezar.

María se acerca peligrosamente a la perfección. No lo digo porque la quiera, que también. Es que esta mañana, releyendo, me he dado cuenta de ello y me he mareado. Puede que haya sido en la página 86, pero eso es irrelevante porque bien podría haber sido en cualquier otra. Las náuseas se han convertido en un vómito muy poco literario y muy poco espeso, como el de después de un ataque de ansiedad. Y luego he llorado esa perfección suya, su forma de hacer daño con la belleza y de obligarme a amar el terror, las vísceras, la crueldad infinita que duerme en el subconsciente humano desde el origen. Como si la Plaza, sus letras mismas, fueran el mundo dado la vuelta igual que un calcetín huérfano. Como si se hubiera planteado limpiar de una única barrida todos mis miedos a la bestia, confirmando que no viven sólo en mi cabeza y abrazándome después para que cesen las convulsiones.

Me pregunta si es cierto lo del vómito y respondo que sí. Yo no sé mentir. Entonces dice que me explique, que suena a publicidad negativa y eso no le (nos) viene bien, y yo digo que no con la cabeza antes de responder, los dedos temblando aún sobre el teclado. Todo lo contrario. Ahora a mi miedo se resta pensando que como María Zaragoza siga creciendo, un día dejará de caber.

Hablo a la bailarina y también al tigre. Espero haberme explicado.

13mar12

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