Hipocondría del verano

28 julio 2012 § Deja un comentario

Siento que me va a estallar la cabeza. Puede que sólo sea este calor bochornoso que se agarra a la piel en forma de humedad y no me deja respirar. O puede que el verano no consienta que me llegue oxígeno al cerebro y esté sufriendo una inflamación progresiva de la masa gris que derive irremediablemente en la muerte. O tal vez sea que la hipocondría se contagia igual que un virus.

El asesino hipocondríaco, Juan Jacinto Muñoz Rengel. Plaza&Janés (2012)

El asesino hipocondríaco, Juan Jacinto Muñoz Rengel. Plaza&Janés (2012)

Empecé a leer El asesino hipocondríaco porque los orígenes de su autor me generaron curiosidad: Juan Jacinto Muñoz Rengel ya se había hecho un hueco en el mundo literario a base de narraciones cortas y esta es su primera novela. Y el caso es que le ha resultado bien. A través de un sicario de moral kantiana -y una salud y una suerte nefastas-, este joven escritor organiza una visita guiada por una galería de personajes de la historia de las letras, y nos descubre una casualidad que, si no fuera por el humor con el que está narrada, nos resultaría aterradora: ¿acaso están malditos todos los genios? ¿Están predestinados, lo han estado siempre? Así lo cree el pobre M. Y., cuyo único consuelo es poder equiparar sus desdichas a las de Voltaire, Jonathan Swift, los hermanos Goncourt o el Hombre Elefante, entre otros.

Tumbada cerca del agua para no deshidratarme bajo el sol abrasador y con la sospecha constante de estar agravando mi doble desviación de columna a causa de esa postura antinatural, devoré entre carcajadas las páginas de esta opera prima. A caballo entre la enfermedad y la paranoia, el asesino se levanta cada mañana sin haber dormido, consumido por la convicción de estar sobreviviendo en exclusiva para cumplir su último trabajo. Y a pesar de ser un hombre metódico, su víctima se le resiste evadiendo la muerte una y otra vez.

Descubrir si M. Y. consigue su propósito antes de que sus mil enfermedades raras se lo lleven en volandas al paraíso de los hipocondríacos ilustres es cosa suya, estimado lector.

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