fragmento de ‘El Ciervo’

23 enero 2013 § Deja un comentario

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 También le llamaba Ciervo por su forma de caminar. Parecía ligero, como si no pesara casi, como si la vida no le pesara casi. Eso al principio me hacía pensar que era un raro, porque a todos nos pesa la vida, incluso allí. Dicen los físicos que se llama gravedad lo que nos mantiene pegados al suelo, pero algo tiene que ver la vida con eso, porque mucho del Ciervo, yo ya había visto a niños -una niña de trece años seguiría siendo una niña aunque hubiese perdido todas las uñas luchando contra el lobo- que caminaban por las aceras con tanta densidad que si me fijaba podía distinguir un leve surco en el asfalto, y cuando el Ciervo apareció no lo hizo trotando, pero sí con la ligereza natural de un animal elegante, silencioso y siempre atento. Aquel día, cuando se marchó, no había dicho más que buenas tardes dos veces, y yo salí tras él como quien busca un lugar con mejor cobertura para su teléfono, aunque lo que realmente buscaba era su sombra, la sombra de un ciervo sin astas, pero nada. Era septiembre y el sol bajaba cada día más pronto. Huía el sol y con él el Ciervo.

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