D. y el tiempo

20 mayo 2013 § Deja un comentario

Hace meses que a D. se le ha prohibido el trabajo de jardinería. Antes cuidaba casi sin saberlo de una planta que crecía y hoy parece que la armadura oxidada es reja de espino, que Leñador prefiere tierra podrida y planta muerta. No la deja entrar. No la deja mirar siquiera para poder entristecerse observando cómo el verde se desvanece.

Hace meses que D. se siente algo anciana. Le duelen los huesos de guardarse la humedad, de cargar con más palabras de las que acepta su cuerpo frágil. D. no duerme apenas, apenas respira. Puede que sí se le hayan multiplicado las canas. El tiempo es compañero inevitable, fiel, él nunca se marcha. D. esquiva los espejos para no verle a su lado, adherido a ella como una sombra siniestra. No entiende que no debería darle tanto miedo. No entiende que sembró semilla pero la planta no es ella, que no es ella quien se está quemando de sed, que no es ella a quien el Hombre de Hojalata deja morir despacio y dentro.

No entiende que a D. la creé yo en un arrebato de ganas de atraparla. Que, si quiero, puedo hacer desaparecer la sombra, la sequía, las espinas y el tiempo.

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