Mínimo 39ºC

18 agosto 2013 § 1 comentario

Domingo y a pleno sol, así es como les gusta la costa a los madrileños. Aquí esta máxima se oye de todas las bocas nativas y ha de ser cierto, porque la playa está de gom a gom y las sombrillas entorpecen la línea dorada del horizonte. Y a mí, que no me gustan ni el sol ni el bullicio ni el escenario en general, se me antoja una especie de castigo esta libertad tan azul y tan ancha. No me malinterpreten: amo el olor de la sal como buena mediterránea, y también la tirantez que se instala en la piel propia y el tacto depurado de la ajena. Pero es el mar del frío el que amo -ese del que le hablo al poeta venezolano casi después de mis noches y casi antes de las suyas-, no esto.

He desarrollado un sentimiento oscuro hacia el verano. Odio el calor que no me deja pensar. Odio a los mosquitos aunque ellos no se quieran dar por enterados; los carteles horteras de los comercios que están de vacaciones. Odio a las señoras que odian a los niños que les nadan cerca porque les salpican el pelo. El verano me pone de mal humor y, lo sé, no hay quien me aguante.  Agosto consigue que me odie más que nunca. Es que me pesa sobre los hombros como una culpa incierta y me aplasta contra el suelo. Aquí se conoce a este sentimiento como ‘aplatanamiento’.

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Refugiada bajo la sombrilla y las gafas de sol leo el artículo de Millás y también un reportaje sobre egipcios con las manos llenas de sangre y egipcios con los pechos desangrados. En el suplemento hay diez páginas a raíz del aniversario del glorioso “I have a dream” y sin embargo es el rostro de Paz Vega el que ocupa la portada. Lo único que no me ha puesto de mal humor ha sido el Maneras de vivir de Rosa Montero, pero como lo leí de camino a la arena, a estas horas ya ha sido linchado todo atisbo de positivismo, así que decido hacer lo contrario que los turistas e invadir el Madrid de La Fallera Cósmica. Marina siempre es capaz de reconciliarme con el mundo y casi con el verano. Casi. Pero el olor a británico quemado me devuelve a la realidad y a los deseos de frío. En invierno también hay terrazas para tomar cerveza y ponerse al día. En invierno también como helados y vago algunas noches por callecitas vacías. En invierno, el dolor se congela o se camufla bajo los abrigos.

Marco en el calendario los soles abrasadores que me quedan por sobrevivir. Sé que alguien me escribirá para llamarme quejica y muy probablemente tendrá algo de razón. Pero qué odio, digo, qué verano, tan largo. 

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