los del viento

15 febrero 2014 § Deja un comentario

'House #3', Francesca Woodman

‘House #3’, Francesca Woodman

Dicen que el viento enloquece a la gente y Bel no ve a nadie por la calle tirándose del pelo para arrancarse esas supuestas ideas locas de la cabeza, ve a la gente por la calle cubriéndose la cabeza con la capucha de la capa; no oye a nadie maldiciendo al tiempo, oye a todos diciendo vaya tiempo y ya está. Y qué clase de locura es esa, oigan. Qué clase de locura es esa, Soir, pregunta Bel bajito para no molestar, porque Soir hoy debería dormir todo este huracán atroz y no quiere despertarla, aunque seguro que no, seguro que Soir se ha tirado hoy por la ventana muy temprano para comprobar por vigésimo tercera vez si será capaz de volar este año -no que se la lleve el viento, ellas hablan ahora del vuelo controlado- y si no, si será capaz de soportar otro golpe contra el suelo.

Eso es lo que quiere Bel, justo eso, lanzarse ventana abajo y ver qué pasa, si el año o el golpe, si el vuelo o la tierra. Le pregunta a Soir si será por el viento -si ésta sí es la locura, eso no se lo pregunta pero casi- y la voz de Soir le dice sí desde alguna parte, sí, sí, es por el viento, no dejes que te arrastre pero sí, es el viento que sopla y empuja, sí la corriente que placa el cuerpo para que no atraviese los cristales del cuarto piso. No dejes que te arrastre porque es el viento y es el miedo, porque es el viento y es el miedo y el plomo que evitará que se nos lleve no es sino el verbo justo a buen recaudo en el abrigo.

Y seguro que tiene razón. Menos mal que Bel, menos mal que Soir, menos mal que los bolsillos llenos para no volarnos.

del suelo y otros pozos

2 diciembre 2012 § Deja un comentario

En el suelo no había tantas cosas que mirar -o tal vez sí, pero ahora que el horizonte la ha dejado emborronar la línea final prefiere pensar que no eran muchas- y aun así Bel miraba y miraba, hacía como si buscase un botón perdido que recolocarse en el pecho. No era que no quisiese ver recto, más bien que no había nada que ver así, que se veía sólo el final y Bel no quería, no quería, y miraba al suelo sin ser ni oír ni dar, en busca del botón que cerrase la piel para no perder también los órganos, porque al final todo lo importante se nos quiere escapar de vez en cuando, y ella no quería, no quería. Ni que se le pudieran leer los dolores entre las pestañas y ese valle que se le hacía sobre los labios cuando mentía sonrisas amables.

En el suelo no había tantas cosas que mirar y aun así Bel esperó paciente que vinieran a levantarle el mentón, que otras manos le cosieran el botón perdido etcétera.

Y Soir, mientras tanto, habla del hundimiento, y Bel se pregunta si estar dentro de un pozo mirando las esquinas de piedra que delimitan el azul y estar en la superficie mirando el subsuelo pegajoso no serán algo parecido. Y escribe en una grulla para preguntárselo a Soir, pero luego piensa que tal vez todavía esté muy oscuro allá abajo y la tinta se corre, la grulla se mancha y entonces mejor aplazar el vuelo para cuando la luz sea voluntaria y no queme en los ojos.

 

Luces de carretera (I)

Bel, Soir y los cajones (I)

4 febrero 2012 § Deja un comentario

A Bel se le perdió el cajón de las cosas que no se sienten en la mudanza. Cuando se fue de su vida pequeña y se instaló en la mediana(-mediocre) olvidó meter aquel paquete en el camión.

Así era mejor los días que estaba de buenas.

Así, era mucho peor los días que prefería no estar.

Pero fue culpa suya, si no fuera tan despistada ahora tendría un baúl enorme para guardar los no-sentires y recuperarlos a placer, así que ahora le tocaba, básicamente, aguantarse -morderse las lágrimas de asfixia y dejar rodar las de las alegrías minúsculas, arañar las paredes de claustrofobia y las pieles de amores fugaces, apretar los puños para las rabias y abrirlos para versos y besos, y un largo etcétera que estaba bien los días que Bel estaba bien y que era un desastre cuando los cimientos fallaban y no sabía encontrar entre las sábanas más que escombros cuarteándole las piernas.

Por eso leer a Soir hablar de dónde se guardaba las ganas la hacía tiritar. Ay, las ganas y todas sus variables que no eran x, y, z sino más bien números y aquel simbolito, como otro ocho pero tumbado al sol,  el diminuto retrato de la eternidad tatuado donde acaba la cadera y empieza el universo. Ganas de garras y colmillos. De vainilla en rama. De aquella primera lluvia de agua caliente, allá por un abril lo suficientemente cercano todavía, del sonido de la felicidad corriendo estómago arriba hasta la garganta para morir ahogado por la clandestinidad de su escasísimo tiempo compartido. De  esa clase cicatrices que no tienen otra utilidad que almacenar el pasado y esperar la llegada de un futuro idéntico con idénticas heridas de guerra. Ganas de estar, en cursiva, a pesar de la sorpresa diaria de no haber llegado al fin. Bel no había encontrado un mueble en el que cupieran las suyas, y las tenía desperdigadas por toda la casa. Se le caían por las ventanas.

Leía las cartas de la chica de los desayunos fríos antes de abrir el sobre y antes de que Soir lo cerrase y antes siquiera de que ella misma supiese que esa semana le escribiría para hablarle de su cajón de cosas que sí se sienten. Y, aun así, siempre se le anudaba la faringe cuando el cartero tocaba a la puerta. 

Del vértigo bueno

18 octubre 2011 § 1 comentario

Es como levantarse deprisa de la cama en los días de fiebre, cuando todo da vueltas y el relieve del gotelé se te clava en los ojos y hace el cuarto más pequeño, y de pronto piensas que las paredes acabarán por aplastarte y sientes náuseas.

Igual que todas esas veces que hemos salido a la terraza descalzas y hemos dejado asomar los meñiques al vacío, y entonces susurra el aire frío en la nuca y algo ahí abajo, en la entrepierna, ocurre sin demasiada lógica, algo que durante una décima de segundo se parece a la excitación y nos conmueve comprender que la Muerte también necesita abrazos.

Este último párrafo no se lo escribe. Bel redacta meticulosamente las cartas para Soir, porque sabe que la mitad de su cerebro colorado las guarda en el cajón de las cosas importantes, y no quiere meterle basuras ni miedo en ese cajón. Pero explicar lo bueno del vértigo es complicado. Como todas las cosas que Soir necesita que le expliquen  o al menos que se las recuerden. Se plantea qué contarle para que se le acabe el miedo -ese término incontable que si tiene plural es sólo para asustar más- y al final, después de tres tazas de café hirviendo y medio octubre esperando a encontrar las palabras adecuadas, únicamente se le ocurre decir que Josele estaba más que equivocado cuando decía eso de que puedes volar pero no escapar.

Porque es muy posible que ya te hayas topado, por casualidad, como siempre suceden estas cosas, con un cirujano que le cosa las alas para sobrevolar los acantilados de las costas de Levante.

Como en los erizos

28 agosto 2011 § 2 comentarios

Han pasado muchos años desde que ocurrió por última vez, pero Bel no olvida esa sensación de estar martilleando contra sí misma, tratando de quebrarse desde dentro por voluntad propia. Ahora que se ha vuelto a presentar quiere echarla, decirle que no es bienvenida y cerrarle la puerta en las narices, pero en vez de eso le prepara la habitación de invitados y ofrece su pecho como superficie para moler los grandes bloques de mármol que no puede tragarse sin deshacer. Cambia las sábanas sobre las que dormirá ella, Bel, la Bel autodestructiva que parecía haberse cansado de tanto ir y venir y que ya pensaba que no volvería jamás.

Pero aquí está.

A veces, amar resulta demasiado sencillo, tanto que le dan ganas de llorar y contiene océanos enteros entre los párpados para que no la vean llover. Pero como Aomame, Bel ama. Incondicionalmente. El problema es que no sabe aceptarlo cuando todo marcha bien, porque no está acostumbrada y se le antoja sospechoso. Como cuando creyó que Marla le estaba gastando una broma de mal gusto que se había alargado demasiado. Aún hoy, en las horas bajas, duda si será cierto. Y entonces, como los erizos, convierte su piel en espinas y araña todo lo que toca y a todo aquel que quiere tocarla. Y ha arañado tantas veces a M. que no sabe cuántas más aguantará por ella. No quiere probarlo, tampoco. Le gustaría cuidar y dejarse cuidar como le dijo a Soir que debía hacer en su momento, sin clavarse en nadie; sin herir ni resultar herida. Pero quiso aprender a protegerse del dolor y no se dejó jamás grabar de frente, como Nacho.

El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.

Pero está bien

22 julio 2011 § 1 comentario

Empezar una conversación diciendo no te preocupes es lo peor que puedes hacer si quieres tranquilizar a alguien. Bel supone, al releer la nota minúscula que ayer sacó del sobre, que por eso Soir se lo suele callar. Igual que se calla los dolores psicosomáticos y los plomos colgando, agarrados a sus hombros con anzuelos oxidados. Pero a pesar de eso, de las esquinas blancas del papel, de los gritos mudos escondidos bajo la cama, justo detrás de las botas que nunca se volverá a poner porque le recuerdan aquello, lo que hiere, y a pesar también de los dulces olores con los que Soir intenta ocultarse el aroma desconocido de sus dedos, a Bel se le revuelven los estómagos. Los, en plural, porque para tragar todas las angustias que la acosan necesita muchos estómagos apretados en la tripa. Y siente el gusano de Soir reptando por su garganta, y lamenta no ser ella quien pueda vomitarlo para que no tenga que desconvencer a nadie nunca más con ese pero estoy bien.

Empieza a escribir una carta y la deja a mitad durante tanto tiempo que el folio huye de la mesa y se deja tostar por el calor del suelo. No se agacha a recogerlo, por pereza o porque no merecía la pena. Empieza a escribir una carta. Otra. Le quiere explicar que no hacen falta las palabras, que si ellas se cortan el pelo cuando empiezan a ahogarse es para que ciertas personas puedan leerles las verdades en la nuca, justo en ese momento en que se dan la vuelta y se van porque son incapaces de decir. Cuando ha gastado la mitad de los árboles del Amazonas intentado dar forma a algo que no sabe muy bien cómo expresar,  arranca con los dientes un pedacito de sus sábanas secas y apunta algo en él con rotulador permanente. No es una respuesta a la pregunta de Soir. No es una respuesta a ninguna de sus preguntas, en realidad.

Se despereza y lee en voz alta lo que le tiene que decir a la chica del pelo-corto-recién.

Lo sé.

Y suspira un suspiro largo y tendido, uno de vaciarse antes de empezar el día para que cuando llegue la hora de no dormir no le pese demasiado el aire acumulado. Mientras, se acuerda de aquel video musical en el que todo parecía hasta fácil , como si el mundo se pudiera arreglar saltando y bailando. Y le dan ganas de saltar y bailar y sacudir una melena que le oculte la cara de sueño y las verdades.

Pero hace años que no tiene una melena así.

Je ne sais pas

28 junio 2011 § 1 comentario

Je ne sais pas pourquoi ces gens,
pour mieux célébrer ma défaite,
pour mieux suivre l’enterrement,
ont le nez collé aux fenêtres.

 

Le hace muchas preguntas, Soir, y más últimamente. Suerte que cree poder contestarlas, pero tiene que ser consciente de que sólo cree poder contestarlas, porque si no las tomará como verdades absolutas, y Bel de eso sabe muy poco.

–          ¿Cómo hay gente así que es capaz de decir “Te quiero”?

Y se queda tan ancha. Soir hace preguntas difíciles y Bel intenta responderlas una y otra vez, pero la avisa: estonoesnaverdadabsoluta,Soir,yoquésabré. Aun así le escribe una carta larga explicándole que todos tenemos derecho a querer, o al menos a decirlo. Y que no todo el mundo tiene el mismo cuidado que tienen ellas dos, que se dice muy a la ligera. La gente lo escribe en los muros, frente a los balcones de geranios secos; lo canta en canciones horteras, cursis, o las dos cosas. Incluso algunas personas inteligentes se arriesgan a decirlo para arrepentirse dos segundos después. O lo dicen y no sirve de nada. O lo dicen y sólo sirve para hacer daño, y aunque lo sepan no son capaces de callárselo. Esto es aplicable también a la niña que una vez quiso tener una jirafa en su piso de la ciudad. Pobre. Entender que duele (qué duele) es lo más complicado.

Pero Soir, esto no quiere decir que siempre vaya a doler. Ni que tú y yo, que sabemos cuánta sangre puede derramar un cuerpo al escucharlas, tengamos que tragarlas cada vez que las pensamos.

Eso le escribe, y luego guarda el papel junto con un beso en la frente en un sobre amarillo. Antes de cerrarlo se acuerda de algo y vuelve a sacar los mil folios mal plegados.

PD. Envíame el maldito clavo. Átalo con el pelo que te cortaste la última noche y todas las noches. Mándamelo. Lo guardaré en el congelador. Me aseguraré de que sepas dónde está pero también de que deje de quemarte de una puta vez.

 

[Pero sabe que esta postdata no servirá de nada porque a Soir se le ha oxidado dentro, su carne ha crecido alrededor del clavo y los clavos así no se pueden enviar por correo a no ser que se meta el cuerpo entero en el paquete]

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