Podría ser mi epitafio

6 agosto 2013 § 1 comentario

Alcoi (Alacant)

Alcoi (Alacant)

A Bel le queda aún medio verano por sobrevivir, muchos días y sobre todo muchas noches burlándose de ella en ese calendario en blanco que por alguna razón que ahora no consigue recordar colgó en una pared de la cárcel-cuarto. Piensa, los pies fuera de la sábana blanca, en todas esas cartas que esperó y que nunca ha recibido –y que todavía espera y que nunca recibirá-, en todas esas cosas que debió decir y no dijo –y podría ahora, pero no dirá-. En las mil veces que ha hecho el ridículo callando y en las otras mil que lo ha hecho por no callar. Pero, por encima de todo el drama de niña chica, por encima de las esperas y las vergüenzas, quiere pensar en todas esas ideas que la están asfixiando. Son demasiadas y demasiado densas para el verano que le queda. No saben definirse, no saben adherirse por culpa del sudor, se le escapan a Bel las ideas como migran las aves hacia un clima más apropiado, aunque ella intente explicarles que no, que no, que en el fondo allí sigue reinando un invierno aterrador y blanco, un invierno de muerte. No sabe, ella tampoco. No puede pensarlas. Se le dan la vuelta.

Podría ser mi epitafio, eso piensa. Ella, Bel, es también una idea muerta que yace por culpa del microclima contradictorio que le habita el pecho.

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Anestesia

23 junio 2013 § Deja un comentario

Ahora lo veo claro: darse a la bebida es una opción serena. Anestesia. Eso se dice Bel sentada sobre un colchón que no es el suyo pero tampoco es el de nadie, un colchón antiguo que pertenece a la niña que fue Bel cuando en verano madre no la dejaba dormir en el suelo pero le consentía el fresco de su cercanía. Ha manchado de tierra las sábanas porque caminaba descalza pero ni fuerzas tiene para lavarse y de cualquier modo tampoco es que tenga que compartirlas con nadie. No-esta-noche-no-ninguna-noche.

Sobre el mismo colchón propiedad del tiempo yacen cuerdas mudas de una guitarra sin canciones, cuadernos a medio garabatear con la goma echada. Es doloroso ver cómo se cierran los cuadernos negros cuando llega el tiempo de la abulia y ya no se escriben, igual que si alguien inventase una combinación imposible para proteger a la bestia que redacta de vomitar estupideces en las que no consiga reconocerse luego.

Y Bel, que está tan pero tan cansada -y Bel que es la bestia y Bel que no se molesta en sacudir las manchas oscuras que dejó en las sábanas y Bel que ya ni cantar, que ya ni escribir puede-, lo piensa pero no lo decide porque no hay tequila en esa casa que no es su casa sino la de la Bel pequeña, la que no bebía, claro.

Y estar sola es estar sola.

Y eso sí es una realidad absoluta.

No (nadie) quiere ser caduco

25 febrero 2013 § Deja un comentario

Hay algo de patológico en este color que se muere.

y me dijiste si te pintaba los labiosHay algo, en este dolor -en este color-, que tiene pretensiones de árbol perenne aunque un marrón oscuro se lo esté comiendo desde dentro. Intento decirle que no, que se deje morir, que vamos a preferir las mantas y las ausencias largas durante un tiempo incalculable, sí, pero que debe dejarse porque si no ese nuevo color invasor que es una plaga lo va a pudrir todo. Intento decirle que no, que se muera, que me abandone, que me mate y que me entierre, que tiene que hacerlo porque todas las canciones recopiladas por Sr. Pollo me hacen llorar; que tiene que hacerlo porque no puedo leer ninguna historia de amor anónima sin acabar enterrando la cabeza en la taza del váter de puro echar de menos.

No se deja, este color. No se muere. Agoniza calladito y sólo grita a veces, me grita a los ojos rojos sin llegar a articular ninguna palabra. Niega. Que no y que no. Que no se muere. Luego se cansa -tarda muy poco- y vuelve a callarse, a gemir de dolor -de color- en voz baja. No quiere ser caduco. No quiere ver que se muere.

de verdades y goteras

18 enero 2013 § 1 comentario

Tumbada en el suelo del pasillo, Bel olfatea el aire y diría que huele a humedad, aunque no sabe si es de frío o de viejo, porque prefiere el invierno aunque le duelan los huesos, pero esta vez se está pasando y todo le cruje como si tuviera codos de madera, tobillos de madera y así. Y piensa en aquella carta que Soir no envió (porque Bel también las puede leer, esas cartas. Para algo ha de servir la poca magia que le queda) y que decía tantas cosas y que en el fondo sólo hablaba del miedo a no saber hablar, a dejar que la gotera crezca, del gasto que supondría llamar para que alguien viniese a repararla de una puta vez.

Y quisiera contarle a Soir lo que sabe. Decirle que cansa recoger litros de agua gris, sí, pero las goteras no se reparan y eso es así, esta vez sí es una verdad absoluta. Las goteras se pintan, se cierran, y eso no es más que taponar la única salida del goteo, y sin goteo ocasional es el techo quien recoge, y recoge y recoge y recoge sin pensar que en este país los cimientos son de barro y la escayola no es muy buena y de tanto recoger, de tanta humedad maquillada, al final ni el techo puede y entonces sobreviene el desastre y el polvo en los ojos y los escombros abriendo nuevas cicatrices. Quisiera contárselo sin azúcar, porque sabe que a Soir no le gusta -aunque pueda parecerlo- que le endulcen demasiado el café ni las verdades, pero se lo piensa mejor y entonces sólo escribe una nota, una frase en un pedazo de papel amarillo que deja pegado en el cristal de su cuarto (a Soir también le queda un poco de magia, para estas cosas no necesita sellos):

nollames

del suelo y otros pozos

2 diciembre 2012 § Deja un comentario

En el suelo no había tantas cosas que mirar -o tal vez sí, pero ahora que el horizonte la ha dejado emborronar la línea final prefiere pensar que no eran muchas- y aun así Bel miraba y miraba, hacía como si buscase un botón perdido que recolocarse en el pecho. No era que no quisiese ver recto, más bien que no había nada que ver así, que se veía sólo el final y Bel no quería, no quería, y miraba al suelo sin ser ni oír ni dar, en busca del botón que cerrase la piel para no perder también los órganos, porque al final todo lo importante se nos quiere escapar de vez en cuando, y ella no quería, no quería. Ni que se le pudieran leer los dolores entre las pestañas y ese valle que se le hacía sobre los labios cuando mentía sonrisas amables.

En el suelo no había tantas cosas que mirar y aun así Bel esperó paciente que vinieran a levantarle el mentón, que otras manos le cosieran el botón perdido etcétera.

Y Soir, mientras tanto, habla del hundimiento, y Bel se pregunta si estar dentro de un pozo mirando las esquinas de piedra que delimitan el azul y estar en la superficie mirando el subsuelo pegajoso no serán algo parecido. Y escribe en una grulla para preguntárselo a Soir, pero luego piensa que tal vez todavía esté muy oscuro allá abajo y la tinta se corre, la grulla se mancha y entonces mejor aplazar el vuelo para cuando la luz sea voluntaria y no queme en los ojos.

 

Luces de carretera (I)

a.m.

9 octubre 2012 § 1 comentario

02:51am, Brahms, vino blanco en copa prestada, Alice danzando entre las páginas escritas por otros, jugando a esconderse entre los versos, justo donde no voy a buscarla nunca -Alice es bastante más inteligente que yo-. Olor a pájaro y a chocolate con leche; las (mis) sombras, minúsculas ya, redefiniéndose como sombras de otras cosas contra las paredes y el rojo destiñendo por todas partes, abandonándose, como quedándose dormido. Y sé, sin embargo, que has estado aquí y que estás, que aún quedas un poco. Lo sé por las pruebas que has dejado: ni un pelo largo desprendido en los cojines del sofá, el vaso limpio en el armario, la mansedumbre de ese cuerpo extraño que es el mío cuando te marchas, todo como una falsa ausencia eterna que no hace sino confirmar que sigues aquí, si acaso destiñendo como el rojo, acabando de manchármelo todo de evanescencia.

03:06am y podría estar hablando de Marla pero mejor mañana y resaca, saber que no hay quien limpie la sangre de las cerezas y que Bel entienda y se alegre por ello.

Está pasando una vez más

1 octubre 2012 § 1 comentario

Eso es exactamente lo que piensa Bel, las sábanas revueltas, el olor a inminencia casi desaparecido ya, si acaso algo queda rezagado entre el gotelé del cuarto, esperando no tener que marcharse, agarrándose igual que se agarran los recuerdos buenos. Está pasando una vez más. Eso piensa. Y lo dice en voz alta, como para darle un poco de peso y realidad, como para que ese olor se quede un rato más y no la deje del todo sola.

Se le sonríen los dientes sin permiso y se le cierran los ojos para abrírsele en otra parte, en ese mundo paralelo en el que le dice a Marla después del amor estás si cabe más bonita y a ella se le tiñen las pecas del color de las cerezas maduras y se esconde haciéndose la dormida -en lugar de desvanecerse como buena mujer de humo que es-.

Es probable que duerma hoy. Al fin y al cabo, hace tiempo que ella ya no sonreía tanto.

¿Dónde estoy?

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