D. y el dolor y el miedo y la palabra

10 abril 2014 § Deja un comentario

le abriría el pecho, a d.
le abriría el pecho con los dedos y revolvería en sus tripas hasta encontrarle el negro. estiraría de él para desprenderlo de las paredes de su cuerpo y luego me esmeraría en convertirlo en una pelota compacta, redondeando con manos ahuecadas, con manos expertas ya en dar forma digerible a la ponzoña. me echaría a la boca el dolor de d. y tragaría con los ojos cerrados para marcharme después y llevármelo lejos, lejos, donde no supiera ella encontrarlo.
pero no. el dolor de d. es suyo y solo suyo y ha de habitar su pecho y no mi vientre y yo no puedo más que pasar miedo por si no estoy lo suficientemente cerca, por si estoy demasiado cerca, por si, siempre por si, por si.

Bel escribe por si en la pared circular de este cuarto inundado una vez y otra y otra y cuando ya ha completado una vuelta entonces tinta sobre tinta. No escribe miedo ni escribe dolor porque las evidencias no necesitan de la palabra para pesar en el agua. No escribe miedo ni escribe dolor para que no pesen sobre las alas de la libélula.

Natalia Drepina

Natalia Drepina

D. y el tiempo

20 mayo 2013 § Deja un comentario

Hace meses que a D. se le ha prohibido el trabajo de jardinería. Antes cuidaba casi sin saberlo de una planta que crecía y hoy parece que la armadura oxidada es reja de espino, que Leñador prefiere tierra podrida y planta muerta. No la deja entrar. No la deja mirar siquiera para poder entristecerse observando cómo el verde se desvanece.

Hace meses que D. se siente algo anciana. Le duelen los huesos de guardarse la humedad, de cargar con más palabras de las que acepta su cuerpo frágil. D. no duerme apenas, apenas respira. Puede que sí se le hayan multiplicado las canas. El tiempo es compañero inevitable, fiel, él nunca se marcha. D. esquiva los espejos para no verle a su lado, adherido a ella como una sombra siniestra. No entiende que no debería darle tanto miedo. No entiende que sembró semilla pero la planta no es ella, que no es ella quien se está quemando de sed, que no es ella a quien el Hombre de Hojalata deja morir despacio y dentro.

No entiende que a D. la creé yo en un arrebato de ganas de atraparla. Que, si quiero, puedo hacer desaparecer la sombra, la sequía, las espinas y el tiempo.

De las ganas de gritar (II)

9 diciembre 2012 § 1 comentario

El Leñador es manso y recuerda a Bruno en muchos aspectos. Todo un ser magnetizado contra voluntad -hecho ahora no de carne sino de hojalata- que sólo desea dejar de ser causa para volver a tener el agujero limpio de tierra y de verde y de D. Porque una planta le había crecido en el hueco que alguien le abrió en el pecho, y al principio no era más que una anécdota de olor dulce que se le escurría entre las costillas como enredadera… pero han crecido también las raíces y eso duele. Se agarran a los órganos con instinto superviviente, como se agarra un amor oscuro a las baldosas para no brillar. Igual. Y el Hombre de Hojalata recuerda por qué el agujero. Y aun así, no-sabe-no-puede-no-quiere salir corriendo.

No-sabe (no-puede-no-quiere) salir corriendo, ni arrancar la planta de cuajo, y le pide a D. que no vuelva a asomarse nunca. Lo hace mientras ella duerme, mientras le acaricia el pelo, mientras se arrepiente de las campanas y de querer que suenen y de regar la planta y de no haber aprendido a correr pero tampoco a quedarse. Lo hace mientras ella duerme para que nunca sea una verdad absoluta. Y ese susurro de noche supone que

la planta parezca morir pero no muera
la coraza oxidada se cuartee pero no se desintegre
D. se marche pero no

 

Por alguna razón, el Leñador no grita.

Y Bel teme conocerla.

d.explota

De las ganas de gritar (I)

15 noviembre 2011 § Deja un comentario

D. se rompe un hueso por cada segundo que pasa el silencio en el cuarto. Quiere echarle de allí, hacer que el teléfono suene y se le llenen las paredes de su voz. Que se ahogue el maldito silencio al no tener un rincón donde esconderse y que tenga que dejarles solos allí, a ella y a la voz al otro lado del aparato. Porque si el hombre de hojalata se presentase allí serían tres, y la cama y la habitación y la casa y la vida son muy pequeñas para que quepan sin estar incómodos. Un tono, dos tonos, aguantaría ansiosa hasta un tercero, y luego oír lo que no quiere una vez más.

D. rota y helada en medio de la montaña hunde los ojos en el teléfono, para no ser ella quien marque. Agarrada con fuerza a las mantas lo incita a sonar de nuevo, como sonó aquella vez que no-pudo-no-quiso-no-supo descolgarlo, pendiente ahora del botón verde que la devuelva a la irrealidad propia de la vida. Que le digan cosas bonitas, pero no demasiado.  Que le canten para que se quede esta noche, aun a sabiendas de la imposibilidad. Asegurarse de subir de nuevo al coche y que a mitad de camino, en la carretera negra de las dos de la madrugada, necesite limpiaparabrisas que le desempañen los ojos.

Recuperar el dolor voluntario.

El teléfono no suena y D. no duerme porque el silencio invade y quema. Ella, claro está, no es de las que se rinde a la primera de cambio y se deja invadir por las llamas mudas.

Y vuelta a empezar.

11 junio 2011 § Deja un comentario

Para D.

Todas las versiones son la misma versión.
Los cuentos varían en nombres y colores pero
el final nunca cambia:
la niña sonríe, al lobo lo cazan, la manzana se pudre,
el cachorro encuentra a su madre.
Todos se aman.

Pero la mujer de las mil derrotas se empeña,
prefiere leer los libros de derecha a izquierda
para nunca ser princesa ni dormir en el bosque,
para correr descalza, sin cristales en los pies.
Para quedarse a vivir en la frase exacta en la que todo duele.

ni el fin del mundo ni el principio de la historia

Dice “es mejor así” y borda agujas
en los tapices de terciopelo,
para que a todos se nos clave al mirarla.

Del miedo del leñador y otros misterios

8 mayo 2011 § 4 comentarios

El hombre de hojalata quiso creer durante mucho tiempo que había vaciado el agujero del pecho voluntariamente, para que la vida dejara de dolerle entre las costillas. Más tarde lo lamentaría, y lo mantendría limpio y preparado por si brujas o magos querían deshacer el error provocado. Ahora se planteaba, el temblor de las manos escondido tras la espalda, si de verdad quería recuperarlo. El recuerdo del dolor es la cicatriz en la rodilla, esa de cuando niños, la del golpe en bicicleta, y como niño se acobardaba pensando que no quería volver a la sangre roja y pura, al llanto infantil. No quería volver a ser carne porque la carne se abre y duele y por eso mismo se vistió una vez de metal brillante y dejó de latirse por dentro.

Pero lo cierto era que le estaba creciendo una planta que era D. y un millón de puntos blancos amenazaban con nacer allí mismo, en lo que él había construido como un microclima inhabitable. Sólo había dos opciones y no sabía cuál daba más miedo. La primera, no ser capaz de mantener a D. viva por mucho tiempo en un ambiente tan hostil; la otra, dejarse hacer y repetir la historia, que las raíces crecieran también y estropearan la coraza, que la perforasen y no le quedara más remedio que abrazarlas, a la planta y a ella, con un cuerpo de nuevo simplemente humano, expuesto al fracaso.

historias que no saben si quieren cambiar la historia

24 abril 2011 § 1 comentario

En el centro del pecho, entre la segunda y la quinta costilla, el hombre de hojalata tenía un agujero que se había ido llenando de polvo. Antes lo limpiaba con esmero cada martes por la tarde, le sacaba brillo con la esperanza de que  apareciera D., encontrara ayuda para él y le consiguiera un corazón con el que ocupar el espacio vacío, pero ella no conocía a ningún mago, ni siquiera a una bruja que pudiera hechizar una magdalena para darle vida e insertársela al leñador debajo de la piel a cambio de su alma. Sólo sabía de alguien que escribía profecías en forma de cuentos, y aquello no les iba a servir de mucho. Cuando lo comprendió,  el leñador dejó de hacerse cosquillas con el plumero una vez por semana, se fue descuidando y se le acabaron las ganas de reír. Se convirtió en medio hombre taciturno que caminaba despacio con las manos en los bolsillos, como los hombres enteros y taciturnos de las películas; fumaba para inundarse de humo y sentirse menos hueco. Desaprendió también el llanto y quizá por eso pasó lo que pasó, lo de que D. se metiera en su cama mientras él dormía y al despertar sonaran campanas. Que ella se dejara rozar mientras le miraba. Así germinó la diminuta semilla.

Ahora, dentro del agujero estaba creciendo una planta. Era todavía pequeña y las flores comenzaban a atribuirse un aroma, pero D. tardó en olerlas. A pesar de que dijo que no se repetiría, por las noches se deslizaba entre las sábanas del leñador y se asomaba a su pecho. “Así que es cierto: está creciendo una planta”. Y no le dio importancia hasta que se dio cuenta de por qué seguía metiendo medio cuerpo en el hueco de metal para ver cómo aquella planta estiraba sus hojitas verdes: el olor de las flores la atraía de una manera enfermiza, adictiva. Para cuando quiso detenerse, ya llevaba meses regando el no-corazón las noches de luna nueva.

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