Dicen que se está perdiendo el gusto por escribir cartas

13 enero 2012 § 2 comentarios

Dicen que se está perdiendo el gusto por escribir cartas (Carmen Moreno). 

Y pienso yo en Frida y todas las cartas hermosas que se conservan y que recogen todavía el amor que guardaba esa mujer entre las costillas. Y en Pasionaria, que jamás dejará de escribir porque ella es una de las pocas personas que sabe que la vida cabe en un sobre. Y en Laniñapé, que cabe entera y se puede enviar a sí misma. Y en B, que las escribe aunque no las envíe. Y el Mel y en Ella, que las envían sin escribirlas. Y en todas esas cartas que me quedan por escribir, en las que debo, en los paquetes que deberían haber llegado a Francia y los que deberían haber llegado de Londres. Pienso en tantas cosas que el cerebro se me vuelve de papel mojado (papel de carta, claro) y me huye goteando por los orificios de la cara.

Recuerdo una vez que escribí al tigre una carta sin letras y sin remite. Sonrío. Supo que era mía porque todavía caminaba mi sombra por las esquinas de aquella fotografía rota.

Recuerdo la letra redonda con que me contaban la vida en Θεσσαλονίκη y también las postales desde Budapest. Y los cuentos que me mandaba Claudia desde el mundo en general.

Recuerdo transcribir, cuando la magia desapareció, los abrazos de la gente que vive en el armario de mi cuarto para hacérselas llegar a quien hace que en Sevilla las tardes se vuelvan naranjas.

Y quisiera decirle a Carmen que no tiene razón. Que yo doy trabajo a la oficina de Correos. De hecho, se lo he dicho y he mentido un poco. Y yo no miento, así que tendré que hacer algo para remediarlo. Culpa suya será si un día, pronto, abres el buzón y encuentras un pedazo de mí. 

Carta de rendición (firmada)

28 junio 2011 § 1 comentario

Bel pensó no escribir esto por Pasionaria. Pensó “me va a matar, o al menos me llevaré una buena colleja”. Pero Pasionaria y Bel son amigas porque hay cosas en el mundo de una que sólo la otra puede entender. Como que es posible suicidarse por correo, como lo terriblemente hermoso del dolor; Pasionaria y Bel son amigas porque hay un mirarse en ellas que es absolutamente indescifrable para el resto de la humanidad. Y digo absolutamente.

Por eso lo escribe y lo firma. Es una carta de rendición. No de la Gran Guerra, claro. Es que Bel soñó de nuevo y el personaje ha ganado, porque en esta batalla nada era justo y ya estaba bien de tanto niño jugando a esconder la mano. Echar de menos no está tan mal. O está menos mal si hay una buena razón. Pero oh, no la hay, y a Bel le duelen las manos de temblor cada vez que parece y no, los ojos de mirar por si; la cabeza, en definitiva, de estar esperando que vuelvan a venir a joderla. Ya no tiene más ganas de juegos sin jugar, c’est fini.

Y nada de esto tiene sentido, claro, y Bel lo sabe y mientras se bebe el café le da otra vuelta y se llama estúpida en voz alta, como suele hacer siempre que está sola en casa y se deja engañar. Quiere explicar que todo está más que claro y que nada de esto es lo que parece, porque puede parecer algo, pero no lo es. Pasionaria es consciente. De hecho, es la única consciente además de Bel de lo real de este “no lo es”, y menos mal. Sólo… está cansada. Le gustaría decir buenas noches y buen viaje y ya está. Se acaban aquí los (estos) dolores de cabeza de verborrea de analistas psiquiátricas. Es hora de dar al paciente por imposible. Pero de verdad.

Así que, si el personaje lee esto, buenas noches y buen viaje.

¿Dónde estoy?

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