RíoesOphelia

23 julio 2013 § 3 comentarios

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‘Ophelia 4’. Marta Blasco

Eso fue lo que pensé cuando estaba intentando ahogar a Río. Pensé no puede ser pero es, ese cabello flotando, interfiriendo en lo inerte del resto del cuerpo. Pensé no puede ser pero es, Río se ha convertido de pronto en otra mujer, en otra loca, en otra muerta, ahogada, hermosa. Río-es-Ophelia y cómo no lo vi antes si es lo que me quema ahora. Que sin embargo Río no es el medio, porque ella está hecha de fuego más que de agua, y es en agua, paradojas del bautizo de los creyentes. No. Río-es-Ophelia porque su fin será igual de trágico. O al menos intentará que lo sea. 

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fragmento de ‘El Ciervo’

23 enero 2013 § Deja un comentario

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 También le llamaba Ciervo por su forma de caminar. Parecía ligero, como si no pesara casi, como si la vida no le pesara casi. Eso al principio me hacía pensar que era un raro, porque a todos nos pesa la vida, incluso allí. Dicen los físicos que se llama gravedad lo que nos mantiene pegados al suelo, pero algo tiene que ver la vida con eso, porque mucho del Ciervo, yo ya había visto a niños -una niña de trece años seguiría siendo una niña aunque hubiese perdido todas las uñas luchando contra el lobo- que caminaban por las aceras con tanta densidad que si me fijaba podía distinguir un leve surco en el asfalto, y cuando el Ciervo apareció no lo hizo trotando, pero sí con la ligereza natural de un animal elegante, silencioso y siempre atento. Aquel día, cuando se marchó, no había dicho más que buenas tardes dos veces, y yo salí tras él como quien busca un lugar con mejor cobertura para su teléfono, aunque lo que realmente buscaba era su sombra, la sombra de un ciervo sin astas, pero nada. Era septiembre y el sol bajaba cada día más pronto. Huía el sol y con él el Ciervo.

Los buenos personajes siempre huyen

12 noviembre 2012 § Deja un comentario

Después, el miedo a volverse translúcido, voluble como un personaje –el miedo a ser un personaje y descubrirse así, ficción, mentira mecanografiada sobre el blanco de la pantalla, un holograma proyectado a través de los dedos fríos de H.- pudo más que la poética y se desapareció de forma voluntaria.

Decir (te) quiero

22 febrero 2011 § 3 comentarios

Pero sí importaba, aunque le gustara hacerse creer que pensaba lo contrario. Se sentaba en el sofá y se miraba los dedos de los pies. Los movía, los separaba y cerraba un ojo para ver el mundo a través del hueco minúsculo que dejaba. Era un espacio muy pequeño y por tanto era un mundo muy pequeño, uno en el que sólo cabían amistades a distancia nunca del todo sinceras, sobres para guardar extraños regalos y dos palabras que se repetían tanto como una vez se repitieron ojos de perro azul por las paredes de la habitación que compartía. Te quiero, te quiero, te quiero. Bel sólo pronunciaba aquella expresión, empleada de forma tan gratuita últimamente, cuando entraba en el mundo diminuto de la ventana entre los dedos de sus pies sucios. Y eso lo hacía cuando se quedaba sola y nada más entonces, cuando el portazo o cuando el segundero del reloj sin números o, y era cuando más gustaba y cuando más dolía, los días que llovía tierra roja y no había nadie sobre la superficie del planeta que quisiera tomarse la última en Sous le ciel de Paris y se la fuera a encontrar, precisamente a ella, fumándose el que decía que sería el último y garabateando letras desordenadas en un cuaderno, y le dijera que tenía los pies bonitos, que podría haber sido pianista , para que ella se hubiera llevado a casa a ese alguien por el simple gusto de arrastrar a un desconocido al precipicio y luego, con la misma sencillez, le hubiera dejado escapar para el portazo, el segundero y la despedida en el hueco entre los dedos.

Porque los días que llovía tierra roja todo el salón se llenaba de olor a húmedo, y entre la humedad de la calle, la de los ojos y la de sus bajos fondos, el aroma se volvía dulce y espeso y daban ganas de decirlo: te quiero.

Hoy mira a través del cristal y se da cuenta de que pronto volverá a llover como antes y entonces sí, lo dejará escapar igual que se le escapa el humo, bajito. Hoy, intuye que Soir lo sabe también, lo importante que es, porque se lo enseñaron la una a la otra,  y mira, siempre por esa separación de sus uñas mal pintadas, el portarretratos donde debería haber una foto de las dos hecha por la chica del también-pelo-corto-recién que es Soir, que es también una niña que está aprendiendo a decir y que todavía desconoce todo esto, el por qué del rojo de las nubes y del olor del cuarto y de morderse la boca para no quebrar la soledad del pisito desde el que escribe cartas a Montmartre.

desayunar en bragas

15 febrero 2011 § 2 comentarios

Se ha levantado mimosa, y eso no es algo muy frecuente, así que quizá alguien debería aprovecharlo, pero nadie se queda el tiempo suficiente como para comprender que si bel no dice nada quiere que te vayas y si dice que te vayas quiere que te quedes.

No le gusta desayunar sola porque es invierno y salir de la cama sin calcetines para sentarse en la encimera de la cocina sin i siquiera encender la radio supone un esfuerzo sobrehumano si no te van a dar conversación, por absurda que vaya a ser. Por eso mismo saca del cajón de la mesita de noche un sobre impermeable y se pega una carrera de puntillas pasillo arriba, en bragas y con el pelo todavía -y siempre- enredado. Corta dos rebanadas de pan mientras se prepara el café y las tuesta con sólo ponerles las manos encima y cantarles una canción de la Christina madura y ya aprendida. Reparte la bebida en dos tazas enormes a las que añade una única cucharadita de azúcar, pone aceite y queso sobre las tostadas y mete una en el sobre junto a uno de los vasos.

La chica del también-pelo-corto-recién no vive demasiado lejos, piensa Bel, y cierra el sobre antes de ponerse una camiseta y dejarlo caer desde el balcón. Luego vuelve a la cocina enganchada a un par de versos de la canción de antes, da un sorbo a su taza de café y cruza los dedos para que el desayuno de empezar el cumpleaños llegue caliente.

Síndrome de Diógenes

28 octubre 2010 § Deja un comentario

Recuerdo todas las mentiras que nos hemos dicho sin engañarnos. Las repaso una a una, haciendo caminito con el dedo para que no se me despiste nada importante. Es una lista larga, pero no demasiado. El problema es que debajo hay otra, la de los miedos, y esa dura folios y folios de papel manchado que huele a café y a mucho tiempo sin releer.

Miedo al tiempo.
Miedo a la oscuridad.
Miedo a las pelusas que viven debajo de la cama.
Miedo a despertar de un golpe contra la mesita de noche y descubrir que llevamos soñando una eternidad.
Miedo al rechazo.
Miedo a mentir y a ser mentira.
Miedo a no querer.
Miedo a querer.
Miedo a que sea demasiado o demasiado poco.
Miedo a no saber interpretar, a equivocarnos.
Miedo a perder.
Miedo a admitir que hemos ganado.

Miedo al miedo. A que sea tan grande y pegajoso que nos impida viajar por el universo.

En la última página del dosier, en letra minúscula y sin espacios, alguien ha escrito con bolígrafo permanente una afirmación que yo introducí a presión en esa cabecita tuya:

mañananoexiste

La sensación de que tengo en casa todos estos papeles como si fueran un tesoro me confirma una sóla patología: síndrome de Diógenes.

Nana Blanca

23 octubre 2010 § Deja un comentario

La Blanca pasea sin rumbo por las calles de una ciudad muerta, dando puntapiés a piedras, cacharros oxidados y juguetes rotos. Silba canciones que carecen de ritmo y se inventa poemas que no riman, con tanta facilidad como los olvida después. Sus versos hablan de sombras que le enredan el pelo y se cuelan por debajo de su falda sucia, y también de madres que no mecen cunas y de flores marchitas que intentan seguir viviendo. Todas esas historias son la suya.

Lleva un cinto negro atado al brazo con una bonita lazada. Uno de los extremos cuelga hasta la punta de su dedo anular, y el borde deshilachado le hace cosquillas. El otro lado es tan largo que lo arrastra por los callejones para no perderse, para recorrer toda la ciudad una sola vez. Es la única huella que deja, una cinta en el suelo.

Ya no le queman los pies descalzos sobre la grava, y a veces hasta sonríe. El niño de los cartones tiene miedo de esas sonrisas, porque están huecas y huelen raro. Al principio huían uno del otro, luego se buscaron a escondidas, espiándose entre los escombros. Ahora se ignoran la mayoría del tiempo, que pasa más lento aquí que en cualquier otro lugar. Ella canta, silba y patea mientras camina y camina. Él juega con los perros flacos, enfermos, y les cuenta cuentos de fantasmas cuando cae la tarde. Los animales se sientan a su alrededor y él quiere creer que le entienden. Sólo cuando la noche es demasiado fría y los gritos antiguos vuelven de visita, el niño tira del lazo y la Blanca viene a abrazarlo para que se le pase el susto. Se aprieta contra su pecho y cierra los ojos, ella sonríe y el aroma a pena y putrefacción invade la ciudad. Entonces el niño se despierta, le pide que pare y se pone a llorar, siempre en el mismo orden. La Blanca lo acuna sobre sus piernas, sujetándole la cabeza, y le canta al oído una nana de madres que no pueden mecer a sus hijos. Y ya no sonríe.

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