De cuando D. en el bosque

Todo es más fácil en los amores rápidos, en los piel con piel, cuando faltan manos que regalarse y el tiempo no es más que el carcelero injusto de dos -o más- cuerpos a los que siempre les habrá faltado noche para acabar de encontrarse. Esos amores en los que abunda la prisa y el conocimiento y más tarde si una vez nos vimos consiénteme el olvido porque la vida es un AVE de billetes caros… son mucho más sencillos.

Hace ya meses que alguien me dijo que no me gustan las cosas fáciles. C’était vrai. A Dorothy tampoco. Y parece que marzo llovió como una vieja película, así, en blanco y negro, y arrastró el amarillo de las baldosas. Por dónde caminará, qué guiará los pasos de D., que ama con un corazón denso, lento, recuperado del rescate después de la tormenta y cree flotar zarandeado por unas olas que ya no rizan espuma alguna contra la proa. Y, sobre todo, que ama sin tiempo ni espacio, que ignora los años y los troncos que el Leñador, hoy con el pecho abierto igual que una lata, ha talado a su paso intentando así cerrar el camino y también la historia.

Porque él siempre deja un hueco voluntaria e inconscientemente para los tobillos de D.

Y porque ella siempre sabe encontrarlo.

Pero ahora, en el despejado sendero, donde la luz y la palabra, qué.

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